Cuando regresaba de Greenwich (me compré un Girard Perregaux Opera Three que, el colmo de los colmos, estaba atrasado por dos segundos: si no tienen la hora exacta en Greenwich, ¿dónde esperan que la consiga?) tuve que pasar por el, congestionado, mal administrado y sumamente estricto, aeropuerto de Heathrow. Debido al espantoso viento que hacía no pudimos utilizar mi jet Gulfstream así que tuve que formarme, junto a judíos, latinos, árabes y calvos, para comprar un boleto. Al parecer los ingleses no querían aceptar mi maleta, no sé si porque era una Chimney o porque llevaba algunos euros de más. El asunto no pasó a mayores cuando les demostré que todos ellos juntos en un año no ganaban lo que yo en una semana. Me dieron mi boleto y tuve que esperar casi dos horas en lo que nos revisaban a todos. Lo interesante fueron esas dos horas.
Esperando, fastiada, un vuelo a Marruecos (o a uno de esos países pobres donde usan mierdas en la cabeza) estaba una chica rubia con una falda larga Louis Vuitton que yo había visto en New Bond Street (no era la más cara, obviamente). Creo que estudiaba Psicología o Antropología o una cosa de esas del ser humano y quería hacer su tesis en otro país (tal vez quería entender por qué se visten tan mal). Sus maletas decían que se llamaba Anne. Me senté al lado de ella, fingiendo leer una novela del sobrevalorado Coetzee. De un vistazo pude ver que sus lentes oscuros eran Cartier y me llamó la atención su pobre sentido estético en la falta de combinación (la falda era beige, los lentes negros). En fin, decidí ignorar esto por el hecho de que sus facciones eran delicadas y, bueno, no estaba tan mal. Sus tobillos eran fuertes y los pies parecían esculpidos ayer. Ataqué: "¿Usas esas gafas oscuras para disimular que no me estás viendo?". Ella volteó y me dedicó una sonrisa de desprecio. "Esa falda se vería mejor si mostrara tus piernas". Me miró de nuevo, visiblemente molesta. "Son mis piernas y no las enseño a nadie". "¿Apostamos?", repliqué.
Le tomé el rostro con mi mano izquierda (no se había rasurado) y con la derecha levanté poco a poco su falda. Las piernas eran lechosas, algunas venas traviesas recorrían sus muslos y en su pantorrilla derecha tenía una minúscula cicatriz. Nada espectacular. Observé cómo los vellos de sus brazos se erizaban y sentí un suspiro que no pudo reprimir. Se quitó los lentes. Sus ojos eran azules pero no brillaban, ardían. Metió su mano en mi camisa. "Con cuidado, es Lacoste". Bajó la mano hasta el ombligo. Mi mano seguía recorriendo su falda. Nos acostamos en la alfombra del piso y ella comenzó a desabrochar mi pantalón. Cuando vislumbraba, como el viajero que ve a lo lejos el letrero de bienvenida de su hogar, su brasier, nos interrumpieron unos vigilantes. Recordé que estábamos, en efecto, en la sala de espera del aeropuerto. Menuda mierda.
Pagué las multas de ambos y fuimos al baño y lo hicimos, rápido, sin censuras, sin tabúes. Ella dijo que me buscaría al regresar de Marruecos. Le di una dirección y un teléfono de mi casa, ambos falsos. Ella me pasó su mail pero creí haberlo perdido, hasta ayer cuando, mientras decidía qué maleta llevar a un fin de semana en la cabaña del rubio Timothy, amigo de Sean, encontré el papel al fondo, apretujado entre más basura. Puse su correo y encontré su perfil de Facebook. Está más bronceada y tiene fotos besándose con un horrible marroquí de bigote negro, vestido con una cosa que se le asemeja a una falda (curiosa coincidencia). Ella se puso mejor. Tal vez en estos días la agregue y podamos encontrarnos. Aunque no sé si podría verla si ya lo hizo con ese marroquí... Dios...
Dicen que algún día me romperán el corazón, pero ¿qué van a romper cuando no lo encuentren? ¿Mi hígado?
Aeropuerto (o quién es quién a la hora de los tickets)
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