Ella estaba en el grupo de discusión cuando cursé en la High School South de Port Street Matter (con toda la pena tendré que admitir que pasé mis años mozos en una escuela que tenía problemas con su wireless). Sólo tomé esa clase por los créditos extras. Ella se enamoró de mí, dice, cuando me vio discernir sobre el aprecio a los diamantes en el mercado y el por qué se debía impulsar el hecho de que cada joya, fuera de la naturaleza que fuera, debía portar uno de estos adorables y multiformes cristales. Yo la empecé a notar cuando, o contradecía todo lo dicho por mí, o lo aplaudía sin razón aparente. Claro que, normalmente, las personas tienden a seguir mis opiniones, pero su respingona nariz siempre parecía estar metida en mis asuntos. Durante todo el curso intentó entablar sesudas conversaciones conmigo (¿qué diablos me van a importar el calentamiento global, los dictadores latinoamericanos y la cerveza de raíz?), porque, imagino, estar en el grupo de discusión era para ella un sinónimo de una mente activa y consciente del entorno. En tanto tenga aire acondicionado y una secadora de pelo, el medio ambiente para mí me viene importando lo que a una hormiga le importan los vals de Shostakovich.
Danielle Husse, que era el nombre de esta chica, empezó a seguirme casi por todas partes: estaba en el centro, en las tiendas de ropa, en la estética, en el masaje, en la sala de bronceado. El gran derrame del vaso ocurrió cuando la encontré en Barnes and Nobles. Yo estaba decidiéndome entre leer a Cousteau o a Le Clézio cuando la vi al fondo, leyendo (no sé si en realidad sabía leer o sólo paseaba los ojos por las hojas) una novelita de su homónima Steel. Hicimos contacto visual, de lo cual me arrepentí al siguiente segundo, y ella se acercó corriendo hacia mí. Para cuando llegó conmigo, yo ya había decidido que Cousteau me parecía mejor. Al ver mi libro, Danielle saltó y dijo que Cousteau era uno de sus "escritores de ficción favoritos" (además de que, tarada, improvisando un francés pronunció todas las letras de Cousteau, diciéndolo, más bien, como se diría en español). En eso ella me arrebató mi libro, contándome que era el que buscaba, y que yo fuera a agarrar otro. Enfurecí porque, bueno, había otras tantas copias del libro disponibles pero ésa era mía, mía solamente: había tardado buen tiempo en revisar que las hojas estuvieran limpias, que la portada careciera de huellas digitales de otras manos y que la impresión de las letras fuera precisa y clara. Por decirlo de otra manera: era imposible que esa edición tuviera errores, al menos, estéticos. Tomé el libro de sus manos (ya estaba contaminado para ese entonces, pero bueno, tenía que recuperarlo más por una cuestión de honor) y le expuse, claramente, como se hace en un debate, el por qué debía tener ese libro y sólo ése. Ella decidió contradecirme y tratar de quitarmelo, pero entre su arrebato, sorpresa y furia mientras lo jalaba de la portada, resbaló y su espalda se estrelló contra una de las repisas de un librero. Escuché un "crash" como un hueso triturado por un perro. Directo al Benjamin Saint John's Hospital.
Tuvo una especie de fractura en la columna (el doctor me explicó todo pero yo sólo estaba pensando en el nombre de un disco de Level 42) y debía permanecer quieta, en cama, sin el menor movimiento posible. Entré a su habitación sólo para decirle que ya había hablado a sus papás y que llegarían en un par de horas porque estaban ocupados haciendo algo más importante que su hija (creo que es más difícil encontrar algo menos importante que Danielle). No creo haber mencionado que Danielle no era del todo fea. Conque cuidara algunos detallitos (por ejemplo, pintarse las uñas de los pies y de las manos del mismo color, equilibrar el tamaño de sus aretes con el volumen de su pelo) podría llegar a hermosa. Su pelo castaño semirizado le daba un aire sacado de los ochentas, con la frescura de los noventa pero viviendo en la edad tecnológica. Todo esto lo digo como preámbulo mientras la puerta de su cuarto iba mostrando la cama blanca, el cuadro de una colina y un molino, la televisión colgada en la pared. Danielle estaba demacrada: su pelo café, pegosteado por el sudor, enmarcaba una cara pálida y hacía que su podría-jurar-que-es-operada nariz pareciera un árbol nacido en el desierto. Vestía una bata blanca con florecitas azules. Se veía tan sola, tan triste, tan... indefensa. Indefensa. Indefensa...
"¿Cómo te sientes?" le dije, sin poder encontrar otro tema de conversación. Me miró a los ojos: fuegos artificiales. "No traigo ropa interior" dijo, señalando su cuerpo con los ojos. Si no hubiera sido porque lo dijo más como si fuera una necesidad que como si en realidad quisiera estar conmigo, me hubiera negado. Era como si me lo rogara y yo no acepto que nadie me ruegue nada. "Pero no te puedes mover, si te mueves te vas a quedar paralítica" y ella contestó algo como "lo que sea por estar contigo" o "daría todo por un solo momento" o una cursilería similar que, entre tantas, se me confunden todas. Al arrebatarle la bata vi uno de los desastres femeniles más cautivadores que he visto: algunos vellos sin rasurar, pelo púbico disparejo, pequeñas lonjas moviéndose de un lado a otro. Copular con ella fue una ardua tarea, no por apasionante sino porque debía cuidarme y cuidarla, moviéndola lo menos posible y haciendo el trabajo pesado por mí mismo. "Fue maravilloso" me dijo, cuando terminé. No pude ir al gimnasio por el resto de la semana.
Meses después la vi caminando por un parque. No tenía silla de ruedas y su andar era normal, así que supongo no le pasó nada. Cuando la vi me hizo el mismo gesto que indicaba la ausencia de ropa interior. Le dije que sólo accedería a tener sexo con ella de nueva cuenta si volvía a estar en el hospital. Esa tarde se fracturó un hombro...
Dicen que algún día me romperán el corazón, pero ¿qué van a romper cuando no lo encuentren? ¿Mi hígado?
Hospital (o cómo lastimarse para llamar mi atención)
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