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Miami (o el agua tiene feromonas)

Cuando estuve viviendo en Miami (les juro que estuve allí sólo por obligación: el Club Náutico de Yates me había invitado) solía ir a correr al Tropical Park, clásico parque para las personas que cuidan de sí mismas, rodeadas de un ambiente saludable, un aire puro y un excelente lugar para los deportistas. Creo que era lo único que en realidad aprecié de Miami: entre eso y una franquicia barata de Disney World, me quedo con el Tropical. El espantoso y húmedo calor (debo decir que soy una persona más de fríos, ya que, además de que el frío puede ser muy benéfico para el sistema muscular y el aparato respiratorio, en invierno tengo la oportunidad de usar toda una serie de abrigos, bufandas, pañuelos, suéteres y la lista es interminable...) embotaba la mente de los miamenses (Dios, ¿alguna vez habían escuchado un gentilicio peor?) y los hacía vestir, invariablemente, con camisas floreadas, shorts deportivos y zapatos deportivos (les juro que el cliché es verdad). Entonces pasaba las mañanas haciendo jogging, leyendo, pescando y tratando de buscar una mujer que pasara, al menos, los estándares mínimos de calidad. Cuando hago este recorrido para seleccionar una fémina, me fijo esencialmente en tres cosas, de las que hablaré en mi próxima entrada.
Todos los días encontraba en el Tropical Park a una rubia que cumplía los requisitos mínimos. Su olor, a pesar de que todas las mañanas hacía casi el mismo recorrido que yo (ella se cansaba medio kilómetro antes), en lugar de mezclar perfume con sudor, olía a hoja de otoño madurando. La encontraba adelante de mí, atrás e incluso corríamos a la par, pero nunca nos hablábamos porque cada quién estaba concentrado en su propio iPod. Un día fingí que el mío se había descompuesto (ella no pensó en la ilogicidad que eso podía implicar: si el iPod hubiese estado descompuesto, habría comprado uno de inmediato) y le dije si compartía su audífono izquierdo conmigo. Tenía extraños gustos musicales: de los Pixies saltaba a John Coltrane y de allí saltaba a Brian Eno y de allí a Mojo Nixon and so, and so, and so long. Justo cuando me empezaba a hartar de su eclecticismo, llegamos al punto en que ella se cansó y dijo que, de allí en adelante, debía seguir solo. Lo tomé como una línea de apertura y le dije que podíamos seguir juntos y buscar otras formas de hacer ejercicio. Yo estaba empapado de sudor y ella era rubia, así que era como si ya hubiéramos tenido sexo. La invité a salir en el yate. Aceptó.
En algún momento me enteré de que se llamaba Karen Stevens y que surfeaba. No sabía absolutamente nada de yates pero en el mar se sentía relajada y hablaba todo el tiempo de lo a gusto que se sentía alrededor del agua, en el agua, cerca del agua. Eché algo en su bebida para que se callara y me dejara meter un poco de agua en ella y así hacerla sentir a gusto. Lo hicimos en la ducha donde me enteré que sus senos tenían silicona (lo había sospechado por su casi nula movilidad) y que la crema que usaba para hidratar su piel definitivamente no concordaba con su pH. Cuando terminamos le dije que no se asoleara tanto pero ella estaba tan idiotizada (algo por la sesión en la ducha, algo por el efecto de su bebida) que no sé si me entendía. Para asegurarme de ello, le escribí una pequeña carta donde le recomendaba algunas cremas hidratantes y un par de shampoos que resaltarían sus rubios.
Mientras regresábamos a la ciudad ella decidió tomar una siesta pero en cierto momento noté que no respiraba. Traté de despertarla dándole pequeños golpes en los pómulos y arrancándole algunos cabellos, pero no reaccionaba. No supe que hacer y admito que por un momento pensé en la necrofilia, pero tal vez no estaba del todo muerta. La tomé en mis brazos y la arrojé al mar para ver si sus instintos regresaban. Al ver que se hundía pensé que jamás la volvería a ver pero, segundos más tarde, salió del mar tosiendo y nadando. "Jacob, me caí, ayúdame, ayúdame". Lo mínimo que podía hacer era arrojarle un salvavidas y eso hice. "Necesitas trabajar tus brazos y piernas, la natación es muy buen ejercicio" le dije, tratando de ayudarla. No frené el yate con la esperanza de que lo siguiera nadando. En realidad le hacía un favor y no faltaba mucho para llegar al puerto. "Jacob, deténte ahora mismo, te odiaré el resto de mi vida si no..." pero el sonido del motor no me dejó escuchar el resto.
Cuando arribé al puerto quise asegurarme de que seguía viva, así que, a la luz de la luna, esperé a que llegara. Además, recordé, tenía algo que darle. A los veinte minutos vi a lo lejos el salvavidas naranja rodeando el cuerpo de Karen. La pobre movía sus manitas como si se estuviera ahogando y tosía sin parar. Parece que, después de todo, el agua no le era tan natural. Me acerqué para ayudarle a quitárselo pero me dijo que me acusaría de asesinato y que yo era el ser más desagradable que conocía. Traté de razonar con ella, pero el efecto de la bebida había terminado y no dejaba de acusarme de maldito. A pesar de su irrespetuoso arrebato, le dije que tenía algo que darle y le entregué mi carta, pero ella la tomó y la arrojó al mar. Dios, uno siempre quiere ayudar a la gente y obtiene sólo reproches. Qué inmadura.

PD. Comprobé que las rubias no son tontas. Entre conversaciones, descubrí que nunca se perdía ninguno de los desfiles de París y sabía, de memoria, las tendencias en moda de los últimos siete años. A eso yo le llamo brillantez.